Revista Internacional de Poesía : "Poesía de Rosario" Nº 23
  Bibliográficas
 






DESAIRE. DE DIEGO COLOMBA. EDICIONES EN DANZA. 2014.

Sobre el autor de “Desaire”, Diego Colomba, podemos decir que es una persona consagrada a la literatura –y particularmente a la poesía- desde la creación y la crítica. Y además del gran nivel y la seriedad de su obra crítica (manifestada a través de jugosas colaboraciones en sitios y revistas de cultura, de la selección y prólogo de la obra de Fernando Toloza, del libro “Letras de rock argentino” y del recientemente aparecido libro de ensayos “Mesa de novedades”) es destacable su interés por la producción actual y por lo que se hace en su ciudad adoptiva (Rosario). Podemos decir entonces que Colomba además de poeta y crítico también es un difusor. De hecho en su corta vida el sitio Letracosmos –sostenido por él- fue un espacio donde la literatura de Rosario encontró un lugar generoso y serio para mostrarse. Y merece además destacarse el archivo sonoro “Salón de lectura”, en el cual junto a Adolfo Corts se encargan de preservar las voces de poetas y escritores locales, además del cómo suena de la ciudad. (Y otras fuentes nos hablan de su paso como bajista por alguna banda del under rosarino, junto a algún otro poeta local, en otra de sus múltiples facetas).
Colomba lleva publicado en poesía un libro y además cada tanto muestra textos suyos vía facebook. En “Baja tensión” (su anterior libro) se veían poemas muy personales, sobrios pero con imágenes logradas y un ambiente urbano. Pero en su nuevo trabajo el paisaje muta hacia una mirada rural.
En una reseña recientemente publicada Manuel Quaranta reflexiona sobre la materia poética que encontramos en “Desaire” y dice “¿por qué es tan difícil retener los recuerdos? La infancia golpea la puerta para alejarse.”
Situándonos en esta coordenadas, frente a la crudeza o indiferencia de cierta poesía, Colomba desde su clave objetivista y en primera persona consigue conmover e incluso provocar la ternura que apareja la evocación de la infancia y de la familia. 
Juan L. decía que “el poeta suele ser la conciencia de la felicidad perdida”. Diego Colomba no es alguien que ha perdido la felicidad –se reconoce feliz en el cuestionario publicado en el blog “Horas robadas a la noche”- pero quizá los poemas de este libro sí pueden apuntar a una felicidad pretérita. “Al borde del camino/ un cartel llama/ “Bienvenido”/ a quien regresa a su antiguo solar.// Con iguales/ trazos/ me figuro/ el paraíso” nos dice y esa felicidad pasada se perfila en una felicidad definitiva. Esta idea vuelve claramente en el poema “Lisergia a la italiana” donde una ensalada de naranjas es el paraíso, y así el poeta asume que “me prodigo en gestos/ que alimentarán/ la nostalgia/ de los días futuros”.
En “Arte” se juega precisamente con el significado amplio del término, que alude a lo que produce el hombre –más allá de lo puramente estético- a través de la descripción del proceso de extracción del azafrán, tal como si fuera el poema el producto final.
Según lo que puede deducirse de los poemas publicados por Colomba en la antología virtual “Código urbano”, este libro habría tenido como título anterior “El peso del pasado” y vendría con una cita del poeta canadiense Mark Strand que dice “cuando el peso del pasado se apoye en la nada”. En el poema de igual nombre el autor nos cuenta una anécdota de su abuelo –uno de los protagonistas del libro- y así logra que ese pasado se apoye y sostenga precisamente, aun cuando en el poema “Desaire” nos diga “Nada/ es lo que siempre sostuvo este aire.”
En estos textos hay un autor de ojo atento, que al observar la realidad no se queda en una mera descripción si no que al aguzar la mirada descubre en el detalle la poesía, como cuando “Con la lluvia/ brotaron/ las piedras:// refulgen/ como bichos/ de luz”.
Y en los dos breves poemas finales de manera muy hermosa nos dice en un caso sobre la melancolía y en el otro sobre el origen de la poesía: “Hojas secas/ en plena/ primavera.”
En un prólogo a una antología local Colomba ha dicho que los autores han hecho “una apuesta ética común: la de arriesgar la propia subjetividad”, lo cual ha cumplido él con creces y auténtica poesía en este libro.

Lisandro González
 



LOS CAUCES VACÍOS

Lisandro González
Ediciones Poesía de Rosario
El recuerdo / que se transforma / en olvido…. Con estas palabras, jugando con las frases y títulos de los poemas agrupados en el capítulo “Efectos colaterales”, alumbra el último libro de Lisandro González editado por Poesía de Rosario. 
Y eso que parece un paisaje sensorial que va mutando en diferentes estados a través del tiempo, se confirma con el desarrollo de la obra hasta marcar con ella un nuevo hito en su camino, aquel que iniciara con Esta música abanica cualquier corazón.
Con musicalidad neutra, con pausada delicadeza, las exactas y escogidas palabras de González van construyendo un profundo abanico donde sumerge al lector en un intenso recorrido que muestra la permanente evolución en las búsquedas emprendidas por el poeta.
Así, por ejemplo, los doce sonetos aficionados no son sólo la bella experimentación sobre una métrica nunca antes utilizada sino también un juego de ductilidad donde afirmar su lenguaje poético y permitirse despegar con solvencia hacia otras fronteras literarias.
Tampoco pueden obviarse citas, menciones y guiños que señalan las fuentes donde se generan los nudos de algunos poemas. Como ser urbano que no intenta disimularse, describe en “Frente al café” un atardecer en la ciudad que lo cobija al ritmo de los ojos de las mujeres que lo dañan en astillas.
La aparición de la música, de grupos y tópicos musicales, también es importante. Al igual que en obras anteriores cuando se mencionaba a Marillion (por poner un caso), ahora es el turno de The song remains de same (clásico de Led Zeppelin) con el que González homenajea a su modo y con lo que elige decir acerca que “la felicidad es una pistola / humeante”. Nada menos. 
Conservando el modo y el estilo que viene reflejando desde la aparición de Hobbies de hotel y, más tarde, el premiado Intervalo Lúcido, Lisandro González se afirma en eso que suele llamarse estilo propio que, en su caso particular, es un saludable sello que envuelve con voz propia cada una de sus publicaciones.
Los cauces vacíos del título comienzan a llenarse inmediatamente en la medida que el desarrollo de las páginas nos absorbe. Lo que aparenta vacío, literalmente, es apenas un truco más de González para transportarnos, a veces conscientes, a veces no tanto, hacia la atmósfera que él desea entregarnos. 
Y vale la pena.   
Roberto Lobos
 


 
“la casa en llamas”. Rubén Echagüe.
La Familia Imprenta Editorial, Rosario. 2014.
Una portada que no puede escapar al concepto de lo visual por encima del concepto de lo gráfico. Digo esto porque de modo rotundo la tapa de este libro de poemas de Rubén Echagüe, es una imagen sin palabras. Su autor seguramente lo dispuso de este modo porque el título –que aparece dentro del volumen- hubiera opacado el efecto que logró imponiendo a un frente absolutamente blanco el diseño en negro de una casa con techo derruyéndose y una ventana y una puerta arrasadas por el fuego.  Desde luego que estamos hablando de uno de los artistas plásticos más importantes de Rosario con una extensa actividad cultural quien ha incursionado en la poesía como modo de exaltación de recorridos que necesitaban ese soporte en lugar  del de la plástica,  al que nos tiene acostumbrados  y que realmente es digno recordar.
Este volumen -que fue presentado recientemente- está compuesto por treinta textos que según lo que reza en su solapa inicial firmado por las siglas E.S.  “(…)  lo que subyace  tras sus vastas enumeraciones versificadas,  como si de un río subterráneo se tratase, es una angustia existencial y una desazón ante la impermanencia de todo lo que existe, que las engañosas máscaras del humor y la ironía vanamente intentan disfrazar”.
Al comenzar el trayecto de su lectura aparece esta situación de alarma.  Echagüe tiene la suficiente eficacia como para “alivianar” con estos recursos mencionados el denso equipaje de la vida, la cotidianeidad como desastre y prueba de paciencia casi infinita que el ser –seguramente necesitado de meditación y sosiego- debe resolver a costa de tantas tácticas de supervivencia. Abre con  el poema “La gotera”

“La gotera es la caries 
de la casa.
Es el acorazado Potemkin
haciendo agua.
Una póliza garrapateada 
por el cielo, garantizando
nuestra orfandad irremediable.(…)
La artrosis que repta, silenciosa,
por la selva de tendones,
y ligamentos.
La úlcera impensada.(…)
¿Acaso no fue dicho,
que el cielo trata a los hombres
como perros de paja?

Cómo puede simplemente una pequeña gotera desamparar tanto a un hombre, a un poeta. Comienza por la casa, anunciada en quemazón y derrumbe, metaforiza con un cuerpo que igualmente se deshace y concluye afirmando con una pregunta retórica que el destino del hombre es una jugarreta del cielo.  Todo final y declinante. No es tristeza o tal vez si pero teñida de ironía. Esa casa que debe ser guarida y solaz, ese cuerpo que debe ser morada del pensamiento y de lo vital, se van extinguiendo necesariamente, resignadamente. Es la intemperie la que acosa. 
La muerte siempre presente es parte activa, tal vez la más vital de sus disquisiciones poéticas, entonces la cita: “La muerte me acosa sin descanso. / Siento su lengua lúbrica /jugueteando en mi oreja, / y su respiración sibilante / de vieja uta, asmática, / tropezando torpemente / entre las ruinas de mi pecho  (…)”
O
“La muerte encuaderna / nuestra vida / y la anota en paginas / de papel biblia:// volátiles, endebles (…) Las tapas son negras / -¿acaso  el misterio /no es negro?- 

En el poema “El muerto copula con la muerte” Echagüe imagina a la muerte como un personaje que llega para establecer cópula mediante ese paso inaugural hacia el silencio inexorable. Casi se podría decir que antes de ese silencio aún la muerte tiene un rasgo de vida, toca el cuerpo, trabaja con placer en esos toques necesarios para que “la carroña y el hielo” den ese último orgasmo, ese calor postrero, aquí recurre al gran oxímoron conque la hace ver enlazando en una atadura sexual, brutalmente ineludible en la obligatoriedad de hacer el nexo profundo dentro de las cavidades, como la última y placentera confirmación de que por allí pasó la vida en pérdida siempre ante su supremacía.
“Por fin la esperma 
inexistente
riega la aridez inexistente
de la inexistente vulva, 
y el éxtasis trastorna
el curso de los astros. 
Después todo es silencio.”

Vuelve en Epigrama I  a interponer los opuestos polarizados como la dupla vida-muerte.  En este caso el par es noche-día. El yo lírico recorre todo un día con su noche pero es “ella”  nombrando  por extensión a la vida o a la muerte, o a las dos en un solo pronombre personal, simbiotizadas, incluidas, una escondida en la otra, las dos conjuntándose las dos copulando alternativamente.

“Ella intenta en vano
Huir de si misma…
Huye del día
Porque cree amar
La placidez de la noche,
Y de la noche, porque 
Añora la contienda del día”

Quien escribe estas líneas no puede sino más que nombrar el poema “A la rosa” que tiene un epígrafe de Francisco de Rioja que dice: “Pura, encendida rosa, / Émula de la llama / Que sale con el día…”  En realidad,  Rubén  Echagüe va luego a contraponer a esta imagen citada, que es diurna, que lleva implícita la frescura y por ende, toda la connotación que los poetas de todo tiempo han hecho de esta flor icónica;  el asco y lo bastardo que también lleva como carga toda belleza, su cara de doblez y de afectación sórdida:

“Envuelta en su robe
de tafetán encarnado,
la rosa dispara dardos
de un perfume repugnante
-entre sensual y
necrófilo-
como esperando seducir
a un albañil analfabeto.
No le sienta mal 
esta mezcla de prostitución
y cementerio, 
de labio embardunado
con un rouge barato y de
cadáver desintegrándose
podrido, en su ataúd.
La liga de la pierna
erizada de espinas
como la de un travesti
no afeitado),
es su orla de luto,
su tarjeta de pésame,
su descanso y su fe.
¿Por qué el perfume
que exhala, parece el de un sudario
salpicado de esperma?
Como todas las putas
tiene algo de ángel.
Como todos los ángeles
se revuelca en el cieno,
rezando para que el ultraje
no sea demasiado.
Como todos los muertos
refulge candorosa, insolente,
astuta y desdichada,
y es un canto a la vida.

Casi sin dudar este poema es donde R.E. logra el mayor efecto revulsivo, no porque en la mayoría de los demás textos no esté, sino que con una certera operación poética ha confrontado sobre la belleza y la pureza extrayendo de estos conceptos otros de   significados flagrantemente disímiles que vuelven a colocar al objeto observado en una dualidad de sentido y en una realidad antagonista que describe con aborrecimiento y desdén y la salva al final con un verso que se antoja irónico pero muy esperable: Echagüe salva la tradición.  
Para concluir este comentario cito el último poema que como remate es una incisiva mirada sobre aquello que al comienzo  se dijo  “Los vecinos” son lisa y llanamente ese 
denso equipaje de la vida, la cotidianeidad como desastre y prueba de paciencia casi infinita que el ser debe resolver a costa de tantas tácticas de supervivencia.  “Mis vecinos son como / pequeños cerdos/ bulliciosos, / como una carcajada / en el cementerio de los pobres, / o como un capellán / que se levantar a / las cinco de la mañana, / para aventar avutardas / en calzoncillos, / (El capellán zarandea / sus dignísimas estolas(…)./ Mis vecinos son atezados/ como moros/ aunque sean rubios / como niños. /Dejan la  bicicleta / en el pasillo. / No sacan la basura a la calle. /Escuchan el partido. Ignoran a Brahms. / Odian a Rimsky – Korsakov. / Dicen que Rimbaud era puto. / Y cantan la Marsellesa / en rosarigasino. /  Yo los quiero y no los quiero, / los odio y no los odio. / Cuando me piden plata, a veces les doy / y a veces no les doy.
Una paleta de cotidianismo y un avasallante sentido del humor y la ironía.  Esta vez Echagüe ha pintado con palabras.  Ana Russo 2014
 



POESÍA MAYOR
HARLEM: LOS BLUES DE LA HISTORIA -56 POEMAS- UN SIGLO DE POESÍA. INVESTIGACIONES Y NOTAS. EDUARDO DALTER. EDICIONES LEVIATÁN, 2013.

“A los blancos relativamente conscientes y a los negros relativamente conscientes los convoco a poner fin a la pesadilla racial y materializar un país, y cambiar la historia del mundo”, escribiría James Baldwin (1924-1987) poco antes de su muerte en Francia. Lo que sigue es del acontecen de estos días. Un río, con rudeza, memoria y brillo de blues, lleva y trae sus voces.  Con estas palabras Eduardo Dalter da paso a la compilación de los cincuenta y seis poemas que conforman este Harlem, multifacético, doloroso, explosivo de luces y sombras ancestrales, un sitio donde la vida y la muerte siempre son cantadas, gritadas, aulladas con el hambre de humanidad partida que la ha estigmatizado a los largo de años. Ese Harlem sensual y cruel que lleva implícita la cruz, la misa gospel y las leyendas peligrosas.
Los poetas que integran esta compilación son: Countee Cullen, James Weldon Johnson, Georgia Douglas, Angelina  Weld Grimké, Arna Bontemps, Richard Wrigth, Claude Mc. Kay, Langston Hughes, James Baldwin, Amiri Baraka, June Jordan, y Sonia Sánchez.  En el colofón hay seis poemas referenciales de: Gwendolyn Brooks, Ray Durem, Bob Kaufman, Nikki Giovanni y Jayne Cortez. Estos nombres pertenecen a generaciones que van desde 1907 a 1943, amplio arco de simiente de poetas en los que el reclamo permanente de justicia y aceptación social va haciendo –de modo muy lento- tomar conciencia de su situación absolutamente impar.  A la par de este grito que muchas veces tuvo que ser cantado bajo sospecha o susurrado, fue creciendo de modo imperiosamente creativo, un movimiento de inserción de la negritud, de su poesía, de su lamento incesante, de su toma de un espacio que igualara y de la toma de conciencia que esperaban a costa de un verdadero sacrificio. Defender con críticas al sistema que los sometía era una consigna implacable, nunca importó el monto de la angustia, el sabor de las pérdidas, las innominadas cancelaciones, las marcas, los  retazos, los márgenes, Harlem es la historia, es el subsuelo del blues, pero también es  el cenit, es el punto más alto que se encuentra sobre las cabezas de los músicos de Estados Unidos, es la voz y el sonido propio de una lucha que aún sufren.  
Sobre la esclavitud  (Arna Bontamps) 
Mansión sureña
“Los álamos están de pie, quietos como /la muerte / Y los fantasmas de los hombres muertos / encuentran a sus damas caminando / De dos en dos a la sombra /Y de pie sobre los escalones de mármol (…) Hay otro sonido tintineando / El de las cadenas de los esclavos/ arrastrándose (…)”.

 Haikus  (Richard Wright)
Como un anzuelo,
La larga sombra del girasol
Flota en el lago.

Siento la lluvia de otoño
Tratando de explicar algo
Que yo  no quiero saber


Viejos hombres negros (Georgia Douglas)

“Ellos han visto como otros vieron/ sus burbujas estallar en el aire, /Y ellos han aprendido a vivir postergados / como si eso no les importara”

Incidente (Countee Cullen)
Viajando una vez por el viejo Baltimore, / La cabeza y el corazón rebosantes de alegría, / Vi a  un baltimoreano / Que me miraba fijamente. /Yo tenía ocho años y era muy pequeño / Y él no era ni una pizca más grande que yo, /Entonces le sonreí, pero él sacó lentamente / Su lengua y me dijo “Negro” / Yo vi todo Baltimore /Desde mayo hasta diciembre, / Pero de las cosas que allí sucedieron  / Sólo eso recuerdo”.

Muchos nombres componen esta antología, como ya dijimos, es imposible nombrar a todos pero este trabajo importante de recopilación que implica el investigar en numerosos sitios y ediciones es un trabajo ponderable y necesario que Eduardo Dalter ha llevado adelante y lo ha completado con eficacia y esmero teniendo en cuenta que en estos 56 poemas se encuentra la historia de un siglo de poesía de color.  Y como señala la contratapa, este decurso tuvo sumas y restas. Entre las primeras se cuenta promediando el siglo XX “la irrupción del movimiento  poético y cultural  Black Arts Repertory, en medio de una hostilidad política creciente, antes y después de los asesinatos de Luther King y del líder Malcolm X,  que ha marcado un precedente estético en las letras de la gente de color y de los Estado Unidos”
ANA RUSSO 
2014



 
REINOS SIN OLVIDO.  JULIO LUIS GÓMEZ. UNIVERSIDAD NACIONAL DEL LITORAL.  PALABRAVA.  2013. SANTA FE.

Recibimos el libro de poemas que el título anticipa.  Lo prologa el poeta y periodista Antonio Requeni de quien ya conocemos su proficua trayectoria. En sus palabras da la bienvenida a esta edición de poemas  que responden  a “un concepto tradicional de la poesía, -en esta época de confusas retóricas-  (…)  y lo anuncia  “como un creador de espíritu clásico que logra amalgamar en sus versos, armoniosamente, contenido y forma”.    Varios capitulos se suceden conformando este volumen, el primero “La puerta sin llave”  compuesto sólo por cinco poemas, es el que nombra la infancia con su cauce augural. Julio L. Gómez sabe que esos momentos fundacionales de la vida sólo son  recuperables desde la memoración y la construcción de la palabra que va resucitando horas y –por supuesto- homenajeando a aquellos que acompañaron sus primeros años.  “Y cuando arribo a la perdida casa tras de un perfil que no conozco veo / mi sombra de antes que jugando pasa.”
Gómez maneja con perfecta naturalidad los endecasílabos cuando decide entrar en los sonetos; éstos son límpidos sin forzadas construcciones, con una rima consonante que no agobia, sino por el contrario es dúctil y que no hace al soneto una cárcel de sonidos que pesan. 
El segundo capítulo “Sin fronteras” din duda alguna el amor es de la partida.  Tanto los versos con métrica o los poemas con verso libre tiene un tratamiento flexible –reitero- pero no por ello se pierde la contundencia del sentido, por el contrario, éste se torna visceral y categórico aunque el vocabulario y las imágenes elegidas sean de éxtasis contemplativo.
                                                  Eternidad
Entre tus muslos firmes / Sabe mi boca el gusto  / De la viviente puerta. 
¡Que la ceniza aguarde todavía!

                                                Carpe diem
Aún tiembla en la rama el fruto hermoso.
No pierdas el sabor que incendiará tu boca.
Apura pues el día,
Y si la muerte
Acierta a descubrirnos
Jinetes de la noche entrelazada
Nos encuentre.

Fragmento del soneto
Se paga con la vida

Tu grito  de mujer planta el galope
De ese caballo fiel en el que huyo 
Cuando es el llano tierra de cadáveres

Y en el final aliento lo recuerdo:
Que la hembra se paga con la vida
Y ella nos hace vida de la muerte

Más allá de que estoy citando los dos tercetos de este  soneto, llama la atención la ruptura del orden que Gómez ha hecho con esta construcción tradicional. Es decir, el primer terceto abre, luego siguen dos cuartetos y finaliza como es habitual con el segundo terceto.  Incluyo a continuación los dos cuartetos que intermedian la estructura los cuales merecen ser  citados por la fuerza imponente que impone al acto de amar

Se me divide el alma en esa hora
En que tira la vida de la rienda
Y desde el fondo mismo de la noche
Viene tu voz amada a refugiarse.

Cumple mi varonía con el sino
-grupa tendida y sangre que arremete-
Y aún te alcanzo a ver –último goce-
Salvada para siempre por mi gesto

En el tercer capítulo “Luz de la palabra” el poeta señala la veracidad de su oficio que le franquea un camino al que –como todo poeta que sabe que la palabra quedará por sobre otros rastros-  se  entrega sin reticencias y con la convicción más viva de que el poema volverá,  a pesar y a costa de todo:

“Y vuelves / por tu reino / mordedura que desde siempre duele. / convulso, melancólico / por galerías de muerte, maldice. / en tu tierra de luto / enciendo el fuego / y por tus celdas sangro / para decir las únicas palabras / que burlarán la muerte”
 


En “Domingo” próxima sección el poeta es el paisaje, el tiempo del quietismo antes del acoso de los trajines habituales. Tiene una mirada de serenidad, su ansia “ser un pájaro libre de ciudades”.  Las islas y el río son  la metáfora de la libertad, de la certeza de que el hombre no resigna su aliento de libertad. ese repaso visual en el poema recuerda el horizonte originario que graba dentro suyo  como promesa de rescate de sí, como posibilidad de ser uno con la naturaleza y con el albedrío reparador.  En  “Mar de memoria” el poeta insiste en esa vuelta a la infancia y a seres queridos que hicieron de ella su fortaleza de hoy. El mar y todo lo que su pie recorrió y descubrió, esas epifanías niñas que van corriendo los telones del mundo, los hallazgos, la siempreviva infancia que no deja ir porque en ella está el sustrato de su recordación poetizada que de ese modo la mantiene en tiempo presente.  En “Pasión de itinerarios” reúne otras memorias,  las que se corresponden con los trayectos y, por lo tanto, incluye otras tierras, Granada,  Madrid, Burgos, Snatiago de Compostela; luego: Pont  Sant Michele, etc. El poeta va al paisaje que no le es cotidiano, es su paso descubriendo otras señales y el ansia de viajero deja a  la palabra que  renueve todos esos sitios por los que lleva su ser.  Dice en “Plaza del Obradoiro” 
“Los ojos que adelantan el camino / te presienten, Santiago, a cada curva / enhiesta la cabeza, en paz el pecho, / y en la mano bastón de peregrino” (…)

Ya llegando al final del libro en el cierre denominado “Campanas en la arena” de modo coloquial, respetuoso y sincero, conversa con Jesús. El destino humano, la muerte, el camino son reiteradas incisiones que va haciendo en este hablar y por ello incluyo a modo final estas palabras que justifican el oficio y la naturaleza humana insistente en sostenerse a pesar de los pesares

(…) y acaso te maldiga / en el recodo último que aguarda / tras de tu huella estoy, / Rabbi del alma. / Sé que vas a tu Reino de ventura / pero es fresca la sombra del camino / y quisiera quedarme en este sitio. / Y sigo.”   El recurso impecablemente tratado es un poema con tratamiento de verso libre que en el final incluye un terceto endecasílabo  con rima asonante, además de incluir dentro del cuerpo del poema ora partidos, ora completos, alternativamente, otros endecasílabos que van generando la rima interna.  Técnica que necesita la hábil rueca del poeta sabedor de dar música a su oficio de decir con palabras.   

ANA RUSSO
2014
 
“ATARDECER DEL DIA SEXTO, EDUARDO D’ANNA. Edición “El Ombú Bonsai” . Setiembre 2013. Rosario.




Eduardo D’Anna, poeta y narrador de Rosario, nos hace llegar el libro que se anuncia en el título.  Es un libro de contextura simple de cargar para poder leerlo en sitios afines a la contemplación de lo poéticos, como es toda la secuencia que esta editorial ha publicado.   También son unidades singulares en los que los responsables  de la edición insertan un párrafo previo a la obra que reza: “Este ejemplar ha sido tratado ejemplarmente, y se jacta de ser único en su especie.  Fíjese el lector que en el encuadernado artesanal encontrará su sello y su carácter singular.  Este libro es el número 6 de la 2da. Tirada de 30 ejemplares, parte de una colección no seriada, es decir: una singularidad fuera de serie”.  Dejando de lado la intención  sobradamente lúdica  y risueña que propone este texto, se advierte una casualidad? o una causalidad?,  lo dirá el lector, el autor o el editor, en todo caso, ya que este “Atardecer… es el libro número seis para ese día sexto que el poeta nos pone a discurrir. Por supuesto que debo aclarar que atendiendo el concepto de “artesanal”,  cada uno de los tomos del mismo autor es diferente en la cubierta a los demás, genuina particularidad a la que se refiere el texto citado, por lo que quien adquiere este arte-libro  está  eligiendo  una invitación visual o táctil que acompaña.  Éste o aquél, alguno preferido por la selección de nuestra mano  será nuestro compañero de viaje,  que será leído junto al café en soledad que merece toda buena lectura.  Agotada ya la introducción de estos datos amables, vamos a recorrer los cincuenta poemas que se hilan dentro del sentido que prevalece en la obra.

HACER VISIBLE LO INVISIBLE
Desde el primer poema –y avanzando en la lectura se hace palpable- la determinación de ver debajo del polvo que cubre,  infatigable, los recuerdos y va  iniciando ya un trayecto retrospectivo sobre  las cosas que algún día brillaron “sin esa cáscara protectora”. Llamativo modo de adjudicarle a lo ceniciento una cubierta preservadora o defensiva.  He aquí que se plantea el sentido de lo real en la pregunta “aquel brillo casi irreal o esta capa que resguarda el brillo o del brillo? Poco después el poeta  afirma que “La luz iría desapareciendo,/ todo sería real. Imposible de decir en la noche…” pasaje de una vida que cae en otro modo de vida por el sólo hecho del devenir, lo cotidiano moviéndose persistentemente y moviendo también los espacios en que transcurrió el pasado que  trata de rescatar antes de que el polvo cubra toda la escena de lo evocado.”Pero (…) otro polvo / empezó poco a poco/a cubrir techos y paredes:/ eran las construcciones, lo inútil /que derribaba el árbol del centro/ de la manzana, la protección…”   Aquí “la protección” encarnada en “el árbol del centro de la manzana” pareciera que alude a los altos edificios que lapidaron la irrealidad brillosa de la infancia tapada por las lápidas de lo real, pero además, creo entender que el poeta va más allá, intencionalmente habla del árbol (del centro) de la manzana, es decir de la inocencia, del jardín perdido o del perdido paraíso, o de la poesía primordial, la que ausente de construcciones lapidarias, no necesitaba palabras para apreciarla ese corazón de niño que se sentía “quedándose ahí” en un lugar donde ensayaba la vida y sus entretelones.  
Una atmósfera es lo que crea D’Anna que irresistiblemente funciona como los atrapasueños.  Preguntas retóricas, con ausencia –como debe ser- de respuestas.  Nadie las da cuando los poetas comienzan a incitarlas. 
  4
¿Quedándose por qué?
¿Quién sostenía
la ventana si el aire 
ya eterno, se borraba 
junto a las otras cosas del altillo? 
Rápidamente
me despedí de nada; salí
al balcón, sostenido 
en mi débil deseo, buscando
los escalones de fierro
para volver al pozo. Tampoco
estaban, por supuesto.

 Incorpora  la palabra “fierro” en vez de hierro, adrede evoca el habla cotidiana de la gente que vivió en casa con altillos, la habitual y reforzada escalera que llevaba al lugar más cercano al cielo y a la luz, al más humilde de la casa, al más solitario, al más reservado.   Esas nunca podrían haber sido escaleras de hierro, fierro suena más contundente, más sostenedor, más jerga inmigrante o criolla.   Pero además comienza a transitar las desapariciones y así va entrando al territorio de lo que hay que reinventar porque falta, porque por alguna razón lo que es carencia está en el mismo plano de lo que es soporte. Finaliza con ese  “por supuesto” indicando que es muy cierto aquello que afirma, y con ello da por sentado que el camino que va desde la regresión al regreso es de muy difícil trayecto, que uno puede quedarse “por supuesto”  sin la vuelta, y es allí donde el poeta queda atrapado, donde la escalera ya no lo sostiene y el aire es todo lo que le va quedando.
7
“ Baja y recorre/despacio/la casa. Si, despacio,/que no es fácil/ ir inventando todo/ para andarlo: la luz /del velador, la falta/ de la otra luz, la de /afuera, el olor/ a comida, el ruido/ de la máquina /de coser, de la puerta/ de calle abriéndose. Va haciéndolo/ en el aire, coloca/ objeto tras objeto / y camina tras él, / como cuando corría / atrás de una pelota/ para entrar en los sitios/ donde no se podía.                                                                                                                                                                   
El poeta elige constructivamente una sucesión de encabalgamientos que llevan –sin solución de continuidad-  a hacer el recorrido casi laberíntico.   Recurso que en el poema que antecede se da de modo que la interrupción de la coma o, primeramente, de los dos puntos – que caen en mitad y no al final del verso-  no obligan a una respiración de ruptura ya que al estar encabalgados se hace más suave y concatenada la transición de un verso a otro y del trayecto que enumera.     Construye el sentido mediante el desdoblamiento de la persona poética. Estamos ante la instauración de un yo evocado escrito por un yo que explora el recuerdo o estamos ante un yo enfrentado abiertamente a su sombra o a los fantasmas que están dentro de sí. Es aquí donde el lector comienza a intranquilizarse, donde esa brecha abierta entre lo real y lo irreal se profundiza porque comienzan los encuentros con los espíritus, territorios no accesibles, “para entrar en los sitios/ donde no se podía”.  El poeta conecta de modo esencial climas y rastros deliberadamente?  o es visitado aleatoriamente por fantasmas?. Los crea, los cree, los alimenta, los inventa?

En el doble juego presente en todo el texto, participan el hombre y el niño  puestos de uno y otro lado de la historia quedando a la vez intercalados y colocados en simultáneo  hasta estar hablando ambos en una única voz.  Simbiosis  necesaria para que se construya la persona poética  que memora, que invoca, y que crea.  “”Llegar fue fácil/desandando. / A la memoria/ no hace falta/ crearla.”

El hombre habilita al niño que ha quedado en el pasado jugando, captando el mundo, creciendo. El niño habilita al hombre para el rescate, para que pueda hacer el camino de regreso hacia las inaugurales formas de percibir la vida y sus contingencias.  Sobre este tema y referido a su obra “La catátrofe de la percepción” Marta Minujin cita:

“...Cuando la percepción entra en catástrofe se despedaza y crece. Luego se ve obligada a unirse con los pedazos despedazados. Estás obligado a volverte a recrear. Porque la catástrofe o la crisis no es la muerte total, si no sería imposible la reconstrucción, por eso yo hago esas esculturas que se construyen y deconstruyen.”
También D’Anna junta fragmentos de la historia que reúne -pareciera antojadizamente-  pero que por el contrario, ha sopesado con habilidad todos los recursos para generar el clima sostenido que recorre toda la obra,  efecto por cierto inquietante como lo dijera anteriormente; con este táctica se “está obligando” como dice Minujín a recrearse a volver a construir luego de las rupturas. 

LO FANTASMAL / LA FANTASÍA COMO NECESIDAD*
Tal vez los fantasmas reúnan todos los sinónimos que tienen correlato con la palabra aleatorio, que significa “un suceso azaroso” es decir son   casuales, fortuitos, imprevisibles. Ante las apariciones de ellos a lo largo de toda la extensión del texto se puede advertir que éstos termina conformando una familia invisible con la que el yo lírico del poeta establece una permanente dialogicidad, un poner en común con esos otros que pertenecieron a su mundo íntimo, infantil y privado; pero también concierta una profunda conversación interior.  Lo fantasmal es el lugar en el que el niño se ha movido en los años iníciales, ese sitio en el que las vivencias se articulan entre realidad y sueño, o entre sombras y riesgos.  El que trae los fantasmas a este libro es el niño quien -algo inseguro- ha ido creciendo con ellos acarreados hasta su mundo actual,  hasta hacerse hombre-poeta?. O bien, es éste el que los va a buscar en un intento de  encontrar en aquel lugar -paradojalmente seguro-  de la infancia, voces, gestos y alusiones que sirven para articular nuevamente el caos poético que le respalde el seguimiento de su oficio? Aventurado poder encontrar una respuesta.  Todo hombre habitualmente sale de  aquella etapa llena de incertidumbres con una inquietud vital por saber y llegar a la adultez que se tiende como desafío.  Volver sobre el camino andado es reinstalar y renovar ese universo pero ahora con la sabiduría del andariego, del caminante que decide ir hacia los fantasmas que le prometen seguir vivos para que justifiquen también su propia vida y su trabajo de poeta buscando lo que dejó entre patios, cuartos, altillos y escaleras que aparecen y desaparecen, lo inmarcesible que le asegure duración.  Fantamagorías estratégicas que provocan rupturas sistemáticas de discursos, de interlocutores, de momentos, de tiempos verbales en los que los pasados se vuelven presentes y el futuro lleva implícito el acto de la creación que –por supuesto- como la afirmación que el mismo D’Anna hace, nunca estará concluido y en esto va el propio sino.

8
Qué raro, ¿el mundo 
Se va haciendo sin ellos?
¿O sólo es
Que no hay nadie en la casa,
que riendo, 
muy jóvenes, besándose, 
volverán, como cuando
él todavía no estaba.

quizás no esté, en efecto,
pero entonces
¿quién sueña? ¿ Es una
lámpara, un velador,
él, y no él? ¿la  mesa
el cuchillo, su propio
ajuar, vacío como si fuera
 El Niño Invisible?     

El niño mayúsculamente importante, el que necesitaba ser visto fue entonces inmaterial, incorpóreo? Es ahora en el texto ese fantasma del niño transparente que todos miraron pero nadie  vio y en este punto volvemos al poema 2: “Yo  me había quedado ahí,/ dejando de importar,/siendo ya gratis…” Es ese niño necesitando crear pero primero creer que pueda  crear. Necesitando ser visto a costa de legitimar su función de ser y hacer: “Qué raro, ella se fue./ No llegó a disolverse, se fue,/por una de esas calles/que le creé ¿Quién se cree?/ Que se vaya nomás. Estas negras/en cuanto existen, ya se creen que son, / Y son, mirá, una cosa…/Total, yo creo rápido”. En el diálogo con el lector o con el “otro lírico”, insiste en convencerlo de que Él casi un Dios –como se ven los niños- lo puede todo.  Incorpora ese “total…” palabra acertadamente incluida que permite la versatilidad, el cambio rápido de escena, la solución instantánea en el juego infantil. Alude al niño creador de situaciones imaginarias, al que realmente se pone a disponibilidad del canje de roles, reiteradas veces lo oímos –y nos recordamos a nosotros mismos- diciéndonos: -total… ahora podemos ser o hacer de…-; una simple palabra que encierra toda la posibilidad y la potencialidad de la infancia, el corrimiento y la mutabilidad en contra del orden y lo establecido, en una palabra la peripecia de la libertad.  Como aquel “cada cual atiende su juego” nada más vertiginoso de cambiar, nada más veloz.
El niño lo hace.  En su afán de juego va erigiendo mundos, situaciones, ilusiones, desilusiones, satisfacciones, frustraciones y consuelos.  Este es el arte del juego.  Ese es el arte de la vida

ACTO DE LA CREACIÓN
El Niño Invisible y la creación poética. 

La ocupación favorita y más intensa del niño es el juego. Acaso sea lícito afirmar que todo niño que juega se conduce como un poeta, creándose un mundo propio, o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un orden nuevo, grato para él. Sería injusto en este caso pensar que no toma en serio ese mundo: por el contrario, toma muy en serio su juego y dedica en él grandes afectos. La antítesis del juego no es gravedad, sino la realidad. El niño distingue muy bien la realidad del mundo y su juego, a pesar de la carga de afecto con que lo satura, y gusta de apoyar los objetos y circunstancias que imagina en objetos tangibles y visibles del mundo real. Este apoyo es lo que aún diferencia el «jugar» infantil del «fantasear».

Para Winnicott, "la creatividad es la conservación durante toda la vida de algo que en rigor pertenece a la experiencia infantil: la capacidad de crear el mundo”  

Aquel Niño Invisible deviene en el poeta que aún puede hacer cambiar algo con su voluntad de “poiésis”

       Ah, pero algo cambio:
       cambio el río, lo hago
       andar de oeste a este.
       Después
       sueño verlo amanecer 
       hundiéndose en el sol  
       como si mirara 
       una catarata
       desde arriba.

Este poema implica aquella mutación de la que hablamos antes. E.D. cambia el   curso del río, puede dentro suyo trastocar el paisaje y volverlo surreal y nuevamente hacernos  perder las pistas de quién mira y cómo mira.  El crear lleva implícito el acto de creer en lo que se crea, no es una casualidad ese hecho ni tampoco una sistematización, por lo tanto deben concurrir farios factores decisivos para que la situación llegue a su captación y concreción. El arte de observar, no sólo lo inmediato sino también lo lejano, el proceso de la percepción de lo que por una parte es vuelto a sentir y por otra se va inventando, el discurso o las tácticas de lenguaje que se eligen, el destinatario que va a leer dicho recorrido, todo es amalgamado para definir el perfil del poema y mucho más en una obra como ésta que tiene un eje notorio, que no son poemas juntados casualmente, sino que hay una médula, un trabajo sobre un difícil andarivel que en parte es pasado y en parte es presente.  Por ello Eduardo  D’Anna necesitó creer en poder hacer el camino de ida y vuelta y luego crear o re-crear lo que estaba escrito solamente dentro de si mismo.  El acto de la creación también implica un dejarse invadir por climas esparcidos a lo largo de una vida, por ello juntar esos trozos audibles, visuales, únicos hasta traerlos desde algún lugar hasta la actualidad y hacerlos tangibles en el poema, es una  ardua y solitaria tarea de memoración.

En los poemas se introduce la palabra atardecer en varias ocasiones y vamos arribando al título del libro.

    28 Pero hay cosas que me salen..
            Y eso que siempre está
            Atardeciendo…”
      41  ¿Viste que es siempre
            el atardecer?

      46  Y corre, corre
            tras las sombras, furtivas,
            de gente que se esconde
            tras las tapias, que entra
            a las casas, ya iluminadas
            del atardecer…

     48  ¡Pero cuánto ha durado 
           El atardecer! Cansado…
     50    “…Y entonces
            Los escalones se desmoronan.
            La casa se disuelve.
            Y en ese lugar exacto
            Ella aparece
            Como aparece la noche
            En el atardecer

  El hombre creador, el poeta, a partir del atardecer habrá observado el camino desandado por la memoria, tal vez mirará “la catarata desde arriba” es decir, allá abajo donde las aguas fueron turbulentas, donde fue el caos, el origen, la confusión: la infancia,  dará lugar a una visión más tranquilizadora que surge como catarsis de la memoria y de la palabra. En el sexto día,  los aparecidos espectros quedarán identificados, sus propias sombras conjuradas exorcizando daños y peligros, otros, serán amores imperecederos fantasmas ayudadores de presencia ambigua cuando dice “sin ella” o “ella aparece”; convicciones del oficio, pluralidad de los discursos, reencuentro del niño y el hombre, enfrentados midiéndose ambos pero no en contienda sino en conciliación permitiéndose el oxígeno uno a otro, todo está en ese día magnífico en el que el atardecer no es el final sino solamente un estado de serenidad. 

  Nada ha concluido, todo será recomenzado o a partir de este libro. 
  Volviendo a citar a  Minujin 

“Estás obligado a volverte a recrear.
Porque la catástrofe o la crisis no es la muerte total,
si no sería imposible la reconstrucción”
la Biblia dice:

31 Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la          mañana el Día Sexto. 
     La construcción permanente del poeta es derribar muros,  D’Anna lo ha logrado exitosamente.  


*(Alemán: Phantasie, Francés: Fantasme, Inglés Fantasy o Phantasy)
1 -(S.Freud; “El poeta y la fantasía”)
2 "(Winnicott, “El hogar, nuestro punto de partida”, Paidos, 1993)
3 Entrevista a Marta Minujin
 
ANA RUSSO

 BREBAJES de Gary Vila Ortiz  
Y EXORCISMOS de Rubén Echagüe. 
Editorial Ciudad Gótica. Rosario, 2013.





Estoy observando la tapa de esta edición.  Es un libro plateado con inscripciones en negro.  Todo está escrito en minúscula, no resaltan los nombres de los autores sino lo que se podría llamar un título único y no, como se lo anuncia arriba, es decir, lisa y llanamente “Brebajes y Exorcismos”.  Al poner atención se advierte que cada imagen es un símbolo, se  nos antoja de la escritura y el amor.  La primera es un libro abierto con una hoja en blanco, sudario de poetas y escritores, pequeña sábana por donde la vida escapa cuando la palabra poética se subsume, pero además sobre esta hoja en blanco hay una cruz y un marcador de cinta.  Además una lagartija con lengüilla muy estirada y una flor con su estambre también muy prominente que  se asoma al panorama; también se indica un número uno. Misterio, hoja en blanco que aún debería ser completada con un último poema?  Averiguarlo sería perder el enigma, pero no habrá sido casualmente que Gary y Rubén hayan elegido esta presentación para un título que remite a maleficios y salvaciones. 

Gary captura en un bello poema esa idea de la fuga del instante en que el poema podría comenzar a concebirse para calmar la inquietud de esa hoja en blanco:

“a las posibles palabras del poema / aún no escrito/ y ni tan siquiera pensado, / lo siguen por la calle, / cosas diferentes que alguien, si tiene ganas,/ podrá pensar como insólitas (…) para el poeta mismo hay un significado / que le llega sorpresivamente en una esquina, /para refugiarse en el poema, / para el poema en si no hay ninguna palabra prohibida, / solamente el mismo poeta / o algún crítico que todo lo ignora, todo, de la poesía,/ pueden censurar esa palabra asustada / que quiere buscar / un escondite en una esquina.”

En el volumen aparecen poemas con menciones a aquellos autores y creadores del jazz que Gary amaba: Kafka, Charlie Parker, Jimmy Dorsey, Lester Young, Frank Trumbauer, Giacometti, Bill Evans, el che Guevara, Fernando Pessoa y su heterónimo Ricardo Reis, Borges, Scott Fitzgerald o Hemingway probablemente  casi todos ellos habitando los días y los insomnios del escritor quien además de un fervoroso lector era un apasionado del jazz y un conocedor avezado en este tema.  

Los textos tienen el lirismo cotidiano de quien encuentra en las pequeñas cosas la explicación de aquellas otras  que son las que definen una vida. 

“si alguna vez, por casualidad, / se nos cae un botón de la camisa, / y cuando lo encontramos / nos damos cuenta/ de que un señor llamado Kafka / está buscando el botón frente a un castillo, / tratemos de pensar, / tratemos al menos de comprender / que casualidades en el mundo hay pocas, / si las hay.”

Ya en la apertura con su primer poema nos va adelantando que  la interacción entre la lectura y la realidad tiene un lugar que es imposible de invadir, es el absurdo de la subjetividad, donde todo lo que sucede debe suceder, sin solución de continuidad y sin mayores explicaciones, como el amor, como la literatura, como el poema.

Sobre lo que desvirtúa el tiempo:

“debo pensar que las cosas pueden estar llegando al ya no va más, / y no digo la muerte,/ sino la inmovilidad de la mente”

Sobre lo que la infancia imprime en  la memoria más profunda:

“la cabeza del cordero comida al mediodía / en el corredor de casuarinas, / le era traída a mi abuelo por la noche, hervida, / en un plato hondo como los recuerdos…/ de esa cabeza yo recibía por ser el nieto mayor, el privilegio / de comerle uno de los ojos…/ es una memoria que en este caso / no me recuerda ninguna otra (…)”

De tan hondo el recuerdo irreemplazable, auténtico, grabado dentro, inaplazable.

Y sobrevolando todo el libro un tema que nunca fue inadvertido por Vila Ortiz, lo  perentorio de la vida y del amor y el modo de vivir ambos  sorbiendo a tragos toda prueba, todo desafío, “estamos abotagados (…) que no es lo mismo que tristes(…)” 
También en la voz de Lolita, este lector de  Wladimir Nabokov, se cuestiona la validez  de la pasión y sus templos. 

Por último, no sabremos nunca si por anticipación o por acercamiento necesario va diseminando a lo largo de la obra la cuestión de la muerte. Sabría el autor que este libro reunió sus últimas fuerzas, a pesar de que seguramente su mesa de trabajo estará atestada de miles de poemas que ratifican el oficio y que tal vez no hayan podido ser la voz apropiada por no haber cumplido en ellos el tallado o la ablución aceptada por Gary para cada uno de ellos. Entonces nos anuncia:

“la muerte tiene que abrazarnos para llevarnos donde sea / y se aburre, no importan las circunstancias;/ hay muertes inteligentes que prefieren el ajedrez, / y demoran el momento / con el condenado que aún se encuentra vivo”
“algunas muertes saben leer e incluso hay entre ellas eruditas / en temas de la vida, / hay muertes analfabetas, pero son las menos,/el problema es que no pueden transmitir / lo que piensan… lo que desean transmitir  a los vivos. / pero  a veces se pueden meter en las páginas  de un libro / y allí aparece lo que suele ser difícil de descubrir, /en otras ocasiones cerramos los ojos / y ella, la muerte erudita, / nos guiña un ojo, o dos, o tres, o vaya a saber cuántos.”

Poemas de lo complejo dicho con simplicidad, sin  retórica, con –se podría decir- la mayor sinceridad de que es capaz un ser humano, poder acercarnos –palabra mediante-  a las dudas, el misterio de la vida que se va acallando, la felicidad de los brebajes compartidos con amigos y de los exorcismos que liberan de las pesadas cargas que el camino impone al desandarlo.  Gary, estaba seguro de algo,  era consciente de que vivir destruye y en el último poema brevísimo reafirma esto:

“la naturaleza con sus desconocidas razones, propone la /destrucción de los hombres de distintas maneras; la Divinidad guarda silencio, que es uno de sus atributos”

Calma resignada? aceptación de aquellas desconocidas razones del sentido de la existencia?  Tanto poema escrito en el mundo, tanta indagación y sin embargo el silencio es infranqueable, arcano tan impenetrable como haber pasado por la vida siendo poeta.  

El libro está colmado de trabajos extremadamente cuidados de Rubén Echagüe con una insistencia en figuras inquietantes que por momentos soplan, gotean, sangran, caen.  Flores siempre en trabajo de apertura como revelación de vida, corolas y capullos semi abiertos insistiendo, es decir no siendo un dibujo estático que de algún modo acompañe al poema como intención de poemas ilustrados. No, por el contrario la dinámica que le imprime Echagüe  a cada imagen sorprende por estar tan activa  como el poema mismo, por ello una trompeta de la cual sale una partitura a modo de lengua echando estambres,  reptiles y peces que soplan y muchísimas letras del abecedario con diferentes cuerpos que esparcidas con algún criterio secreto aluden a aquel misterio del comienzo, tal vez la fórmula usada para exorcizar muchos pesares.  Un tomo de esta editorial que además de ser un preciado objeto de arte es la última decisión de hacernos conocer la obra de quien acompañó largamente las letras de Rosario.

ANA RUSSO

 
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